ESPERANDO LA CARROZA, perdón “LA COSECHA”
Desde finales de la década del ´50, la Argentina no ha implementado una política industrialista que le permita dejar de depender, principalmente, de los recursos naturales como fuente de desarrollo económico. Esto ha colocado a las producciones agropecuarias y sus exportaciones, como bote salvavidas de las distintas crisis económicas que recurrentemente hemos sabido cultivar.
Podemos preguntarnos si, en un mundo globalizado como el actual, sería conveniente que una economía sostenga su crecimiento en un sector sin un producto diferenciado, que no controla los precios, ni su demanda y padece de alteraciones climatológicas, cada vez más impredecibles, que afecta sorpresivamente las cantidades producidas. A esto tenemos que sumarle las investigaciones en genética que se están realizando con el objetivo de expandir las fronteras agrícolas hacia áreas menos rentables, lo que podrá ocasionar un aumento mundial de la oferta con su consecuente caída de los precios.
Para abrazar esta estrategia eficientemente, se debería acumular parte de la riqueza generada en los buenos tiempos para utilizarla en los malos. Pero el problema reside fundamentalmente, que dentro del sistema con una estructura sustentada en elecciones cada dos años, los distintos dirigentes de turno se ven seducidos a usar esas reservas liquidas y al alcance de un simple decreto, para la construcción de un bienestar social de corto plazo y así lograr réditos políticos inmediatos.
Ordenando solamente las variables macroeconómicas, como el déficit fiscal, el incremento de las reservas, combatir la inflación, tener un tipo de cambio alto o atraer capital extranjero, es condición necesaria pero no suficiente para cambiar los péndulos económicos que venimos sufriendo en estas décadas pasadas.
La actual economía globalizada, depende para su desarrollo de la incorporación y generación de nuevos conocimientos que permitan la producción de productos y servicios diferenciados, siendo competitivos mundialmente y posibilitando incrementar las exportaciones con su consecuente ingreso de divisas genuinas. Es por eso que la llamamos a esta nueva era, la “Economía del Conocimiento”.
Los países como la República de Corea en los ´60 o Finlandia a principios de la década del ´90, supieron transformar su economía dependiente de sus recursos naturales, integrándola con otra orientada hacia las exportaciones industriales de alta tecnología, donde la adquisición de capacidad tecnológica fue central para permitirles tener un cierto poder sobre la demanda y su precio. Sus resultados lo podemos observar en el siguiente gráfico, donde comprobamos su crecimiento con respecto a la economía de EEUU.
Fuente: elaboración propia extraído de World Data Bank
En cada época, ellos se centraron en aquellos nichos del mercado mundial donde, incorporando las capacidades tecnológicas necesarias, satisficieron una demanda existente sin perder de vista que el objetivo final era el de generar conocimientos nuevos que permitan crear productos y servicios a través de nuevos desarrollos tecnológicos y activaron una transformación constante de su matriz económica basada en la oferta de productos y servicios novedosos a nivel mundial.
Analizando lo observado en estos países, este tipo de estrategia debería basarse en tres columnas principales:
- La primera, una educación de excelencia que permitía desarrollar una población con las capacidades para adquirir y generar nuevos conocimientos tecnológicos. La educación en todos sus niveles, es fuente principal de esta política económica
- La segunda, una economía orientada hacia las exportaciones, sin temor de participar en una economía globalizada, donde la búsqueda constante de mercados para colocar los productos y servicios competitivos es la tarea diaria tanto de las empresas como del Estado. Es en este punto donde la investigación y desarrollo, más privado que público, juega un papel fundamental. Como también la sustitución de importaciones es un resultado que se produce y se fomenta desde las políticas públicas, debido a la necesidad de proveedores para sostener y fomentar a esta industria exportadora o atendiendo una demanda interna como consecuencia de las capacidades tecnológicas adquiridas.
- Por último, un Estado que oriente a sus agentes económicos y genere un ambiente proclive a la inversión productiva en todas aquellas áreas que considere estratégicas y exportadoras, como el fomento de las grandes empresas nacionales, estímulo de créditos a tasas posibles de ser soportadas por este tipo de proyectos, infraestructuras necesarias, incentivos impositivos, atracción de la inversión extranjera, etc. No olvidando que la tarea principal e indelegable del Estado es actuar como contenedor social de aquellos sectores que afrontan dificultades por el devenir del cambio tecnológico, ayudándolos a volver a integrase de nuevo dentro del sistema económico.
La Argentina, en las últimas décadas, no ha desarrollado una política estratégica e integral de largo plazo en este sentido. Y el término integral cobra una importancia fundamental, ya que podemos observar la construcción de distintas políticas públicas de forma aislada, que no tuvieron un fin predefinido o coordinado de largo plazo no solo entre los distintos agentes económicos, sino dentro de los mismos ministerios que integra el poder ejecutivo.
Podemos comprobar como la educación, la estructura impositiva, las políticas públicas de aliento a la inversión productiva, la atracción de la inversión extranjera, el gasto en infraestructura, en ciencia y tecnología, en investigación y desarrollo, etc., no estuvieron alineados con una estrategia de crecimiento económico, tanto basado en recursos naturales como el propuesto en el presente artículo.
Nuestro país está sufriendo una vez más una crisis tanto económica como política. Estas crisis nos presentan un espacio para volver a repensar nuestra estrategia y nos da la oportunidad de un cambio de rumbo. Enfocar sólo la solución en estabilizar las variables macroeconómicas, puede tener como resultado reencaminarnos en una senda de un crecimiento, pero sobre las mismas bases inestables que supimos observar en las ultimas décadas.
Estamos ante un gran desafío, asumir el trabajo y la intensidad del esfuerzo necesario para cambiar la estrategia de desarrollo económico con resultados para las generaciones venideras, sin que este camino vaya a presentar una dicotomía, sino por lo contrario, una complementariedad entre recursos naturales, industria y servicios.
Si una vez más no sabemos hacerlo, será otra oportunidad perdida.
Articulo basado en la tesis doctoral “Industrialización en la Argentina – Un posible desarrollo económico centrado en el aprendizaje tecnológico” leída por el autor el 4 de diciembre del 2013 en la UNLaM. Publicada en: http://dialnet.unirioja.es/servlet/tesis?codigo=40021

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